DE LAS PROTESTAS A LA RESISTENCIA

DE LAS PROTESTAS A LA RESISTENCIA
Por Jeffrey “Free” Luers


A finales del verano de 1997, en el sur de California había tormentas por todas partes.
Los meteorólogos hablaban de El Niño, y en las noticias de la noche advertían de los
peligros que suponía. A mis 18 años no había visto nada igual, no en California.
Mi amiga Aspen y yo nos sentamos en la playa mientras la tormenta nos caía encima,
tocamos el tambor mientras nuestras voces se elevaban en la noche. Alcanzamos a la
furia de las tormentas, nos topamos con las olas cuando rompían. El crudo poder de
estas fuerzas naturales nos llenó de vida.
A no más de 20 millas al norte vimos como los rayos iluminaban todo el cielo. Las
ciudades de Long Beach y Seal Beach estaban siendo pasto de un tornado. El día
anterior el agua había caído a chorros. Cualquiera que tuviese el mínimo sentido estaba
en su casa protegiéndose de la tormenta y achicando agua.
Nosotros no, nosotros estábamos haciendo magia. Esto es para lo que Aspen vivía. La
conocí recaudando dinero para el Sierra Club (1). Ella se ocupó de enseñarme como
conseguir que la gente nos diese dinero, afortunadamente aprendí mucho más de ella
que eso.
Fue Aspen quien me enseñó por primera vez cómo sentir el latido de la Madre Tierra y
cómo situarme por encima de todo lo que conocía. Aspen era un completo espíritu libre.
Cuando me enseñaba cosas era como compartir conocimientos ancestrales. No me
mostró mi espiritualidad, sencillamente me enseñó como encontrarla.
La mayoría de las noches, después del trabajo, nos íbamos a tomar un te chai y
hablábamos durante horas. Éramos una extraña pareja. Ella con una estética “earthy”
(de la Tierra/amante de la Tierra) llevaba rastas y su apariencia era pacífica. Yo, por
otra parte, llevaba pinchos y cadenas, y llevaba una cresta naranja brillante. Éramos de
dos mundos distintos, en medio de la segunda ciudad más grande de América y de todo
de lo que hablábamos era de la naturaleza y de la justicia social.
Una noche mientras nos fumábamos un porro me habló de la vez que estuvo en los
Redwoods (2). Me habló de un grupo llamado Earth First! (N de T: ¡La Tierra Primero!)
Compartió conmigo historias de cómo bloqueaban las talas y lo fantástico de la
camaradería, con un tono bajo me habló del “monkeywrenching” (3).
Mis ojos se alumbraron. Esto es lo que yo quería, alguien con quien entrar en acción.
Había participado en manifestaciones en Los Ángeles, pero había sido algo simbólico.
Me habían hablado del Frente de Liberación Animal (ALF) y había realizado algunas
pequeñas acciones. Pero sinceramente, todavía tenía demasiado miedo como para salir a
hacer cosas yo solo. Necesitaba dar un paso adelante. Necesitaba superar mi estado de
comodidad. Mi estancia en Los Ángeles me estaba limitando. Había llegado mi
momento de cortar los lazos que me unían a esa ciudad y marcharme de ella.

Pocos meses después; Aspen y yo nos despedimos mientras sonreíamos. Yo marchaba
de camino hacia Eugene (4), Oregón. Algo dentro de mí me decía que encontraría mi
destino ahí. Sabía muy poco de esa ciudad aparte de cómo era su Universidad. Tenía
unos pocos amigos con los que me podía quedar hasta que encontrase un sitio donde
vivir. Pero había algo más que me impulsaba a ir allí. Mi corazón me decía que en
Eugene era donde se iba a encender la mecha.
Llegué en enero de 1998. Un mes después de mi 19 cumpleaños. En Febrero ya me
había mezclado con la comunidad de activistas locales y estaba viviendo en Fall Creek –
un bosque de abetos ancestrales de Douglas- preparado para defenderlo. Estuve casi dos
meses viviendo sólo en el bosque, solo iba a la ciudad cuando era necesario. Acampé
bajo una lona, mi único suministro de agua era el arroyo. Aprendí a distinguir el rastro
de los ciervos, observé los hábitos de las ardillas, de los pájaros y los búhos. Escuché las
ranas del bosque y a los grillos, y vi copular a las salamandras. Durante el día la lluvia
me empapaba y durante la noche me secaba con el calor de la fogata. Le canté al
bosque, a los animales y al cielo. Me perdí siguiendo el ritmo de la vida que había
alrededor de mí.
Cuando escalaba los árboles, fijando las cuerdas para cuando empezasen las “sentadas”
en sus copas (N de T: con el fin de que no los pudiesen talar las compañías madereras),
estaba maravillado al sentir que esos árboles eran seres sintientes. Al poco tiempo
estaba subiendo para sentarme y relajarme en las ramas del canopy más alto, desde
donde podía verlo todo. Había llegado a casa.
En el ajetreo y agobio de la vida moderna pocas ocasiones tenemos la oportunidad de
detenernos y descansar. Nuestra vida pasa tan rapidamente de la escuela al trabajo
buscando un significado. Luchando por conseguir cosas, para a continuación
plantearnos otro “tengo que”. Antes de darnos cuenta la vida ha llegado a su fin, y en
ese momento son pocos los que saben lo que realmente es vivir.
Algunas personas dicen “los científicos terminaron con la magia”. No creo que sea el
conocimiento lo que ha matado la magia, es cómo lo aplicamos. Cuando hablo con la
gente acerca de la comunicación con los animales o los árboles o sobre el poder de la
Tierra, la mayoría se ríen. Nos han adoctrinado a pensar que no formamos parte de la
Tierra, que de alguna manera somos algo distinto al resto de la vida en este planeta. Nos
han enseñado a pensar que la Tierra y sus criaturas existen para que la gente la pueda
emplear y explotar. Nada puede estar más lejos de la realidad.
La Madre Tierra es un organismo viviente gigantesco. Al igual que nuestros cuerpos
están formados por células y órganos que al interactuar nos dan la vida, del mismo
modo funciona la Tierra. La Tierra es quien da la vida. Únicamente la interacción
simbiótica de las criaturas de la Tierra y sus rasgos geofísicos la que permite que
florezca la vida en este planeta.

Toda vida esta interconectada, formando una red en la que la supervivencia de cualquier
especie descansa en la supervivencia de muchas otras. Como mamíferos que respiramos
oxígeno, nuestra existencia depende de los bosques, del plankton, y de las algas que
generan el aire que respiramos. Estas entidades dependen de complejas redes de vida
que aseguran su supervivencia. Cuando cualquiera de estos diversos ecosistemas se ven
negativamente afectados, comienza una reacción en cadena que finalmente genera una
crisis medioambiental si no se detiene.
Al vivir en el bosque aprendí más sobre la vida de lo que había aprendido en la escuela.
Me sentaba solo durante horas con mi espalda apoyada en un árbol centenario. El
bosque en el que vivía tenía más de 600 años, la evolución en su perfección. Ser capaz
de sentarse y absorberlo todo para ti, experimentar todo lo que te ofrece el bosque, a
través de cada uno de mis sentidos –este es el motivo por el que vivimos. El significado
de la vida es sencillo: disfrútalo.
El bosque estaba tan tranquilo que costaba creer que se encontrase amenazado. ¿Quién
que estuviese cuerdo destruiría todo un ecosistema para hacer líneas telefónicas?
Tuve mucho tiempo para reflexionar sobre estas cuestiones, y para meditar sobre mis
propias creencias. El último paquete de provisiones que había recibido contenía folletos
escritos por Rod Coronado, además de algunas revistas de Earth Fist!. Las palabras de
Rod me inspiraron, y por primera vez oí hablar del Frente de Liberación de la Tierra
(ELF). Leí la evolución del ELF y comentarios sobre cómo el ALF y el ELF deberían
trabajar más unidos.
Mi camino hacia la acción había comenzado en Los Ángeles y esto sólo reforzó mis
ideas. De todas formas, había tomado la decisión de emplear cualquier otro método
antes. Creía que sería hipócrita recurrir a la espada antes de haber intentado solucionar
el problema por otros métodos.
Un día de abril, los Servicios Forestales comenzaron a construir carreteras en el
bosque. Talaron árboles y asfaltaron por encima de los riachuelos, dejaban una estela de
destrucción por donde pasaban. Ahora veía que había que hacer algo urgentemente. El
que estaba sentado debía levantarse.
En la ciudad apilamos provisiones. En dos días la campaña comenzaría oficialmente.
Aquella noche me senté tras la fábrica/almacén de la industria maderera que había
comprado el “derecho” a destruir la tierra. Me senté ahí muchas noches. Meses atrás
había puesto a prueba los sistemas de seguridad de que disponía y había comprobado
que sólo contaban con luces que se encendían cuando alguien pasaba por ahí –nada
había cambiado. Sabía que podía hacer que todo esto cambiase sólo con una cerilla.
Mientras me sentaba ahí pensando en mis opciones, un búho apareció. Voló en picado
hacia mi cabeza y luego voló en círculo alrededor de mí tres veces, como si quisiese
decirme algo. Tan repentinamente como había aparecido, había desaparecido. Este
encuentro me afectó profundamente. Me recordé a mi mismo el juramento que me había
hecho. Ya había tomado el camino. ¡Tenía que recorrerlo!

Los meses pasaron. Decidí cambiar mi sentada en los árboles por el suelo, creyendo que
podría ser más efectivo en él. Había visto desde las copas de los árboles cómo los
árboles centenarios caían para abrir camino a la carretera. Me prometí a mi mismo que
nunca más permanecería sentado observando lo que podía detener.
Bajo el resplandor de billones de estrellas y la solemne mirada de la luna, el pico
descendía penetrando en la gravilla y la suciedad. Esta creo que era la tercera de las
muchas noches que participé en cavar túneles bajo el asfalto (5). Cada vez que lo
hacíamos ellos tenían que cerrar la carretera, paraban la construcción y tenían que
arreglarlo. Cada noche, luchadores enmascarados volvían a hacer los túneles. Los
troncos apilados de forma ordenada eran desperdigados por la carretera. Las vigas
empleadas para construir la carretera eran rociadas de gasolina para que sirviesen de
barreras ardientes. No dejaríamos que cayese este bosque.
Cada mañana se formaba un campo de batalla. Los trabajadores de la carretera y los
Freddies (Forest Service Law Enforcement Officers, Oficiales de las Fuerzas Legales de
los Servicios Forestales, también llamados LEOs) se encontraban con nuevas barreras y
de 20 a 30 individuos enmascarados y vestidos con ropa de camuflaje. Las
confrontaciones podían ser violentas y durar días o semanas, pero la mayoría duraban
unas horas. Al final construyeron las carreteras, pero nosotros luchamos por tomarlas, y
conseguimos controlar más de diez millas de carreteras. Nuestras señales eran muy
claras “cuidado con los caltrops” (6) otra advertencia decía “si caen los árboles
chorreará sangre”.
En cualquier momento había más de dos docenas de bloques obstaculizando las
carreteras. Se formaban muros con los troncos talados y con los bloques de calzada que
retiraban cuando tenían que arreglar uno de nuestros túneles. Hacíamos trampas
enormes, eran agujeros que excavábamos en la carretera y poníamos una lona por
encima, sobre la lona echábamos hojas y tierra. Túneles y plataformas construidas en el
aire (de tres, dos y hasta una pata) fueron empleadas para encadenarnos a ellas.
Mantuvimos una miríada de sendas a través del bosque. Yo podía llegar a cualquier sitio
del bosque a pie antes que un coche sin que tuviese las carreteras obstruidas. Teníamos
vigilancia las 24 horas mediante el uso de walkitalkies/radios y tambores para
comunicarnos. Cada noche bajo la protección de la oscuridad, nos echábamos a la
carretera destrozándola hasta que la Tierra Salvaje fuese libre de nuevo.
Conforme crecía nuestro control sobre el bosque, también aumentaron las tácticas de
mano dura de los LEOs. Mucha gente, algunos de 15 años, fueron atacados. Un chico
joven fue golpeado en la cabeza con el mango de un machete, otro fue sepultado hasta
la cintura por un bulldozer, mientras los Freddies observaban riéndose.
En sus incursiones, hechas tanto para intimidar como para tomar el control de las
carreteras, los Freddies bajaban en masa hasta nuestros campamentos. Agujereaban
nuestros bidones de agua con sus cuchillos, tiraban nuestra comida al suelo y la
pisoteaban, y robaban nuestros fogones o los arrojaban por el bosque. Destrozaban el
campamento entero y recogían todo lo que podían –enseres personales y de todo-, lo
tiraban a la carretera y le prendían fuego. Los incendios no son una estrategia empleada
sólo por los disidentes.

Durante una de nuestras acciones para obstruir la carretera, un compañero y yo
bloqueamos la carretera mediante una plataforma colocada en el aire. Los LEOs
aparcaron un buldózer junto a la plataforma para que cuatro oficiales pudiesen escalar
hasta ella y sacarnos de ahí. No conseguirían retirar la plataforma sin tener que luchar.
En cuanto los LEOs subieron a la plataforma corté los cables de sujeción y mi
compañero y yo empezamos a tambalear la plataforma para que cayésemos todos de
ella.
Con miedo en sus caras los oficiales saltaron rápidamente al buldózer, dejándonos a
nosotros en la insegura e inclinada plataforma. Sin saber qué hacer a continuación un
oficial nos arrebató una robusta rama de nuestra plataforma que habíamos estado
empleando como mástil de nuestra lona. La empezó a agitar ya golpear nuestra comida
y agua echándola de la plataforma.
Pensando rápidamente (o sin pensar nada), salté frente a nuestras provisiones para
protegerlas con mi cuerpo. Pensé que no me iba a golpear. El Oficial Amistoso levantó
la rama y empezó a golpearme en los muslos y la cintura.
“Te hemos visto golpearle y te estamos grabando”, gritaron desde las alturas algunos
que estaban haciendo una sentada en un árbol. Aquel oficial había traspasado una línea
que nunca debió cruzar. Al siguiente golpe le sujeté la rama desarmando al matón
uniformado. Los LEOs quedaron sorprendidos.
“¿Qué te parece si ahora eres tú quien recibes?” le grité mientras levantaba la rama.
”¿No te apetece verdad?”.
El oficial más fuerte que estaba situado en la parte más alejada del buldózer me provocó
“Hazlo. Será la última vez que pegas a un policía”.
Lo que él no sabía es que no iba a ser la primera vez que lo hacía. Avancé tras la última
amenaza.
“¡Te voy a matar imbécil!”.
“Todos abajo, ese va en serio” dijo el encargado que estaba dirigiendo desde abajo.
Los Freddies desistieron de intentar sacarnos de ahí de nuevo. Nos mantuvimos en la
plataforma todo el día y hasta bien caída la noche. A la media noche más o menos,
todavía con los LEOs esperando, decidimos que sin provisiones y en una plataforma
muy insegura no podíamos seguir manteniendo este bloqueo más. Muy a nuestro pesar
nos vimos obligados a abandonar la estructura.
A pesar de que fue una victoria breve, esa plataforma fue el único bloqueo de carretera
en Fall Creek que consiguió repeler un intento de echarnos.
Menos de un mes después de que hubiésemos intentado hacernos con las carreteras mi
compañera y yo estábamos haciendo un bloqueo en la puerta que era la única entrada a
la red de carreteras que servían a la industria maderera. Alrededor de las 3 a.m. ella
empezó a vigilar mientras yo dormía.
Me despertaron sus gritos de dolor y llantos pidiendo ayuda. Todavía era de noche.
Salté fuera de mi saco de dormir y vi a dos hombres armados vestidos completamente
de camuflaje. Un hombre estaba intentando tirarla al suelo, el otro estaba cerca de la
puerta y de mí.
Un instinto primario de proteger a mis seres queridos me invadió. Salté sobre su agresor
tirándole al suelo y aterrizando encima suyo. Cuando levanté el puño me di cuenta de
que enfrente de mí tenía al Oficial Amistoso. En ese mismo momento gritó pidiendo
ayuda antes de que yo pudiese reaccionar, fui golpeado por la espalda por el matón
número dos.
Mientras me inmovilizaban con sus llaves de rigor dije pausadamente “no me estoy
oponiendo”.
¡Joder!, pensé, ¿cómo voy a salir de esta?
Afortunadamente los gritos de mi compañera habían atraído a otros que se habían
presentado con una videocámara. Pudieron gravar que los oficiales no llevaban el
uniforme puesto y que eran las 5 a.m. y que el sol todavía no había salido.
En la cárcel fui colocado bajo régimen de alta seguridad. No podía llamar. No sabía los
cargos que había contra mí. No tenía ningún derecho. Encerrado en mi celda intenté
pensar en las posibilidades que tenía hasta aproximadamente las 10 p.m. cuando me di
cuenta de que ese día no me iban a sacar.
No tenía ni idea de que toda la cárcel entera estaba cerrada debido a que una gran masa
de gente alborotadora estaban protestando por mi arresto. Alrededor de las 2 a.m.. un
oficial abrió la puerta.
“¿Eres Free?” (7)
“No, estoy en la cárcel.”
“Levántate, te marchas de aquí”.
¿Qué?, recogí mis cosas y bajé a ver a la oficial que había denegado mí salida 10 horas
atrás. Me repitió las mismas preguntas que ya me había hecho. ¿Tenía una dirección?
No. ¿Tenía número de teléfono? No. ¿Si me dejaban marchar tendrían que volver a
encerrarme? Oye, eso no me lo habían preguntado antes.
A las tres de la madrugada literalmente me estaban echando de la cárcel. Fuera me
encontré con unos 100 manifestantes que dormían. Habían dicho que no se marcharían
hasta que no me sacasen. A pesar de que ya no estaba preso pasé la noche con ellos de
todas formas.

Semanas después se me presentaron 17 cargos federales. Un asalto grave a un oficial
con un arma mortal, y 16 delitos de menor gravedad. El juez desestimó el asalto bajo el
argumento de la autodefensa y del hecho que el arma mortal no existía. Y negocié los
otros cargos (junto con otro por otra ocasión en la que me resistí a ser detenido)
acordando que estaría 30 días en la cárcel.
Cumplí mi condena en la Federal Correction Institution y salí libre en enero de 1999.
Pasé el resto del invierno solo en un refugio en un árbol, pensando en la dirección que
mi vida iba a tomar.
Aquella primavera, dediqué mi vida a la resistencia a gran escala. Me había dado cuenta
de que las peticiones y las protestas jamás iban a detener el exterminio de la vida y la
libertad llevada a cabo por el Estado. Me habían mentido ya demasiadas veces los
Oficiales del Gobierno. Me habían dado palizas y había visto a mis amigos recibir
palizas de la policía en demasiadas ocasiones. Mientras tanto los responsables de las
masacres continuaban haciendo sus negocios sin dificultades. Ya no estaba dispuesto a
aguantarlo más. Había llegado el momento de tomar otro camino.
Cuando fui arrestado en Junio del 2000, ya había participado en batallas callejeras con
los policías durante disturbios; había participado en sabotajes y grupos de defensa del
bosque armados. Cuando llegaba el momento de encontrarme con el Estado y las
ociosas corporaciones la palabra “por favor” había desaparecido de mi vocabulario.
En la primavera del 2000, estaba de regreso a Eugene. Me había pasado los últimos dos
meses colándome en trenes y haciendo autostop. Cuando llegué me encontré implicado
en las labores de seguridad para las Siete Semanas de Revuelta de Eugene (que
paradójicamente fueron en realidad nueve semanas). Hubo charlas, ocupaciones,
defensa de los bosques, y todo terminaría con una manifestación por hacernos con las
calles y con la ciudad el 18 de Junio.
El 18 de Junio de 1999 la ciudad estaba plagada de disturbios, los cuales formaban parte
de las actividades del día de oposición global contra el G8. Hubo varios policías
heridos, y se vieron obligados a retroceder en múltiples ocasiones. Se causaron daños de
decenas de miles de dólares. La policía y los bancos fueron quienes recibieron los
ataques más contundentes, y quienes sufrieron las mayores pérdidas. La ciudad estaba
llena de pintadas políticas. Eugene se convirtió de repente en la ciudad más activa
dentro del movimiento anticapitalista estadounidense.
Los eventos de aquel año fueron el fruto de las múltiples actividades del año precedente.
Por supuesto, el inconveniente de anunciar que se está gestando una revolución es que
la policía estatal se prepara para ella.
Durante nueve semanas Eugene era un hervidero de actividad policial y anarquista. Los
compañeros se reunían en masas en los parques, en las calles, en las cafeterías y en los
bares, mientras la policía y el Equipo SWAT patrullaban la ciudad en grupos de cuatro
oficiales por cada coche.

Había tensión en la ciudad. Estaba convencido de que algo grande podía comenzar. La
energía y la represión estaban que ardían. No me hubiese sorprendido si alguien hubiese
empezado los tiroteos que darían lugar al estallido de la segunda Revolución
Americana. Se formaban manifestaciones espontáneas por toda la ciudad, y no había ni
una sola tienda perteneciente a una cadena corporativa que estuviese a salvo, en ellas
entraban grupos de personas, cogían comida y cervezas y se marchaban con total
tranquilidad. La comisaría de policía que salvaguardaba las urbanizaciones de los
blancos había sido atacada no una sino dos veces, y rutinariamente se forzaba a los
policías a huir en sus coches cuando intentaban identificar o arrestar a alguien.
Yo también estaba planeando algo para participar en las Siete Semanas de Revuelta.
Durante el tiempo que estuve viajando había pasado muchas noches reventando
ventanas de los coches de las grandes marcas, empleando un tirachinas. Era una perfecta
manera de causar importantes pérdidas económicas, destrozar los escaparates de sus
concesionarios y hacer añicos los cristales de esos carísimos SUVs (8). Muy
rápidamente me di cuenta que las medidas de seguridad de estos lugares era muchas
veces mínima. Nunca me encontré ningún sistema que fuese más allá de luces que se
encendían con el movimiento y cámaras.
Empecé a plantearme la idea de cómo incendiar un concesionario. Sabía que sería muy
sencillo preparar unos cuantos artefactos incendiarios y colocarlos bajo algunos SUVs.
Quería mandar un claro mensaje a la industria de los coches y del petróleo, este país
contribuye peligrosamente al calentamiento global, también es el responsable de la
hostil e imperialista política exterior del gobierno americano. Estos injustos actos iban
a encontrarse con una resistencia.
Las Siete Semanas de Revuelta me dejaron en el césped de mi casa y me
proporcionaron mi oportunidad. La ciudad estaba preparada para la acción, y yo quería
avivar las llamas. No estaba preparando una gran acción, sólo era algo lo
suficientemente grande como para que se hablase de ella y así inspirar a otros para que
llevasen a cabo más acciones.
Pensé que un ataque clandestino a un concesionario de SUVs –uno de los símbolos más
claros de la codicia y el poder industrial- durante el encuentro inspiraría a otros y les
animaría a resistir.
Ataqué Romania Chevrolet porque Chevy es una filial de General Motors. Romania era
el segundo concesionario mayor de Eugene. Este concesionario estaba fletando partidas
de furgones y SUVs (como contraposición a los coches que vendía al público). El
concesionario además estaba situado cerca del campus universitario, el cual suponía un
sitio del que era fácil entrar y salir.
Las cuestiones de “donde” y el “porqué” eran fáciles de responder, pero todavía tenía
que averiguar el “cómo hacerlo”.

Un día, durante una discusión con mi buen amigo de confianza y aliado, Craig “Critter”
Marshall, me comentó que quería dar un paso más en sus acciones. Critter y yo
habíamos trabajado juntos muchas veces en numerosas sentadas en los bosques y
campañas para protegerlos. El nivel de confianza entre los dos permitía que pudiésemos
hablar sobre lo que quisiésemos de manera abierta y franca. Tras unas pocas preguntas
para tantear el terreno y comprobar la posibilidad de que el otro no estuviese preparado
para ir tan lejos, los dos nos dimos cuenta de que estábamos en el mismo punto.
Compartí con él mi idea de los concesionarios de coches.
Ilusionados empezamos a preparar nuestro plan. Durante casi un mes observamos
nuestro objetivo. Romaniza tenía seguridad privada, algo que no había visto hasta
entonces en los aparcamientos de ningún concesionario. Aun así hay formas de hacer lo
que quieres sin ser descubiertos por el guarda de seguridad. Tan sólo teníamos que
conocer la rutina que seguía.
El concesionario también estaba cerca de unas casas, lo cual significaba que teníamos
que averiguar si alguien trabajaba hasta tarde o tenía alguna actividad nocturna regular
que nos pudiese afectar. Otro asunto del que nos teníamos que ocupar era de las
patrullas policiales que vigilaban la ciudad a todas horas, ahí eran muy frecuentes, ya
que estábamos en el distrito del campus universitario.
Por último, a causa de los muchos bares y restaurantes que había en la zona, teníamos
que saber la cantidad de peatones que caminaban por la zona a distintas horas,
especialmente cuando los establecimientos cerraban.
Una vez que contábamos con la información necesaria sobre nuestro objetivo y del área
circundante, nos planteamos cual sería nuestra meta. Descartamos la posibilidad de
incendiar toda la flota de vehículos del concesionario. Podríamos haber colocado
muchos artefactos preparados para encenderse a la vez y podríamos haber agujereado
los depósitos de gasolina de los vehículos para alimentar la conflagración. Otras de las
ideas que barajamos era si hacer pintadas o dejar algún mensaje antes de marchar o no.
Finalmente, por ser lo más sencillo, y porque iba a ser la primera ocasión que
trabajábamos juntos en este tipo de acciones, decidimos que cada uno llevaría un
artefacto y que los colocaríamos en vehículos diferentes. No sería un incendio grande,
pero para dejar claro nuestro mensaje no era necesario que lo fuese. Atacaríamos la
madrugada del jueves al viernes 16 de Junio. Enviaríamos un comunicado que por la
mañana del 18 de Junio saldría a la luz pública. Si todo salía bien, el black-block se
manifestaría ese día y el levantamiento del año anterior parecería un picnic.
No todo fue bien. La noche del 14 de Junio fui arrestado mientras vigilaba a los
policías. Tres activistas locales habían sido detenidos por cuatro oficiales de la policía
por el flagrante delito de ir en bici por la noche sin llevar las luces puestas. Durante la
identificación gravé cómo los policías dejaban pasar de largo a una pareja que estaban
cometiendo la misma infracción. Yo avisé a los policías que cualquier acto que hiciesen
a partir de entonces podía ser calificado de aplicar la ley de forma diferente y selectiva,
y que iba a ser muy feliz haciendo copias de la cinta de video y entregándoselas a los
ciclistas amonestados.
Conforme transcurría la identificación nos habíamos ido sumando hasta 20-25 personas.
Los oficiales también se habían multiplicado y ahora estaban ocho, incluidos miembros
del SWAT. El oficial al mando ordenó que no se hiciesen citaciones y que se replegasen
antes de que se montase una trifulca. Pero los demás andaban buscando pelea y no
querían marcharse sin tenerla.
Mientras permanecía en la acera gravándoles los oficiales se desperdigaron. Uno de
ellos se dirigió directamente hacia mí. Enfoqué la cámara hacia él gravando como se me
acercaba –diez pies, cinco pies, se me echó encima. Su hombro descendió antes de
echárseme encima. Lanzó su brazo a mi garganta y me tiró detrás del coche de policía.
Si soy sincero, diré que en la mayoría de las ocasiones hubiese continuado la pelea, no
tanto por orgullo sino por instinto. Aquella vez me limité a sostener la cámara y a grabar
mi propio derribe. Ahora me hace gracia recordar la imagen de mi cabeza siendo
empotrada contra la carretera, y yo tumbado con la cara contra el suelo mientras
sujetaba la cámara enfrente de mí.
La policía consiguió lo que quería. Mi derribo desencadenó una respuesta: la gente
atacó, ellos sacaron sus porras y el olor a gas pimienta impregnó el aire. Yo no fui el
único arrestado aquella noche.
A la mañana siguiente me sacaron de la cárcel. En poco menos de doce horas se suponía
que iba a estar deslizándome en medio de la noche con cinco litros de gasolina y un
mechero. Lo primero es lo primero, pensé. Fui a desayunar, luego fui a dormir una
siesta. A las 4 p.m. me reuní con Critter en nuestra cita en el parque. Contra toda lógica
le dije que seguíamos adelante.
Durante la mayor parte del año anterior había hecho las acciones yo solo, exceptuando
unas pocas ocasiones en las que me junté con otros para una acción concreta o algún
evento particular. Prefería trabajar sólo porque entonces yo sacaba lo mejor de mí. Yo
era el único responsable de planificar y llevar acabo la acción. Era libre de escuchar a
mis instintos y de cambiar los planes conforme lo necesitase, sin que esto afectase a
nadie. De esta manera podía incorporar muchos más rituales y magia en mis acciones, lo
cual era importante para mí.
Al trabajar sólo era perfectamente consciente de mis propias habilidades y mis
limitaciones. Prestaba más atención a los detalles, porque no contaba con nadie con
quien revisar lo que preparaba. Al hacer las cosas sólo me concentraba más y era más
cuidadoso.
Por la razón que sea también estaba más nervioso trabajando con otros. Nunca se reflejó
en como hacía las cosas, pero esa noche se reflejó en mis juicios.
En el pasado había visto que había que deshacerse de todas las pruebas incriminatorias
posibles antes de realizar la acción. El anochecer del 15 de junio no tomé esa importante
precaución, pensé que era algo de lo que me podía ocupar después de que todo
sucediese. Me sentía comprometido a seguir adelante con nuestro objetivo.

Cuando preparaba los artefactos, y revisé tres veces que no había ninguna huella o pelos
que pudiesen quedarse en el lugar, me invadió un sentimiento de malestar. Lo llevaba
sintiendo todo el día. Algo andaba mal. Había rechazado cada instinto que había tenido
durante el día. Es posible que Critter también lo sintiese. Pero nos habíamos
comprometido el uno con el otro, y nuestro sentido del honor nos hacía mantenerlo. Es
posible que si hubiésemos compartido nuestros sentimientos las cosas hubiesen sido
diferentes.
Sin que nosotros lo supiésemos, a no más de 200 pies, teníamos un detective escondido
que nos estaba espiando. (Durante el transcurso de mis juicios se dieron tres motivos
diferentes por los cuales estaba siendo vigilado. El más preocupante era que alguien les
había avisado a los detectives de que era la clase de persona a la que debían mantener
controlado, pero ningún detective quiso recordar quien fue el individuo que les dijo
eso).
Cargamos el coche que había pedido prestado unas horas antes con las cosas que
necesitábamos. Le había dicho a la dueña que quería irme de camping a Fall Creek.
Todavía me viene a la cabeza la expresión de su cara cuando me llevaba el coche. Era
como si pudiese ver a través de mí. Sabía que ella no quería que me llevase su coche.
Más tarde me dijo que sus instintos le habían advertido de que algo andaba mal. Aun así
se implicó sin saberlo en algo con lo cual no tenía nada que ver. Siempre me arrepentiré
de eso. Siempre sentiré y me avergonzaré de mi traición, y del hecho de que las
consecuencias de mis acciones afectaron las vidas de gente que no había estado
involucrada en las mismas.
Cuando arrancamos el coche y tomamos la carretera el detective advirtió a sus
compañeros; “los sujetos están en movimiento”.
En el primer semáforo en rojo otro de los tres detectives confirmó a los demás “Jeff
Luers es el pasajero.”
Ninguna de sus comunicaciones se reflejó en mi escáner. Todo parecía tranquilo.
Seguimos conduciendo, sin podernos imaginar que nos estaban siguiendo tres
vehículos. Aun así, en lo más profundo de mí, las malas sensaciones persistían.
Giramos hacia una bocacalle. El vehículo detrás de nosotros también lo hizo. Señales de
advertencia se iluminaron en mi cabeza. Volvimos a torcer y el coche de detrás continuó
por otro lado. Seguimos haciendo este juego del gato y el ratón hasta estar seguros de
que no había un coche específico que nos estuviese siguiendo. Nos pareció lógico
pensar que no era extraño que en todo momento hubiese un vehículo tras nosotros.
Después de todo era una noche concurrida, el curso universitario acababa de terminar
para dar comienzo a las vacaciones de verano, y había tráfico por todas partes.
Olvidamos el viejo proverbio que dice, “sólo porque estés paranoico no quiere decir que
no haya nadie tras de ti”.
Una última vuelta cerca de nuestro objetivo, ya no había ningún coche detrás de
nosotros. ¡Adelante! Aparcamos a alrededor de una manzana de distancia. Critter cogió
el paquete con los artefactos. A partir de aquí sabíamos perfectamente lo que teníamos
que hacer cada uno. Juntos caminamos hasta un aparcamiento oscuro y atravesamos la
calle hasta llegar a Romania. Cruzamos la calle hasta un carril bici que nos llevaba de
nuevo a Romania. Si nos hubiésemos detenido unos pocos instantes el detective que
ahora corría a pie siguiéndonos se hubiese dado de bruces contra nosotros.
Mi corazón se agitaba alocado, estábamos a unos pocos cientos de pies del lugar. De
pronto me encontré alumbrado por los faros delantero de un enorme SUV negro. Nos
pasó de largo lentamente como si fuese a meterse en alguna casa. ¡Mierda! No quería
que me viese nadie. Había mantenido mi capucha puesta y la cabeza baja. Es posible
que hubiese parecido sospechoso, pero sabía que el conductor no podría reconocerme.
Después de hablar lo ocurrido unos momentos decidimos seguir adelante. Habíamos
llegado demasiado lejos, no teníamos tiempo para suposiciones, era ahora o nunca.
Alcanzamos el seto que dividía las dos propiedades. Era donde nos ocultaríamos y
desde donde nos colaríamos. Rápidamente nos metimos bajo el seto. Avanzamos
arrastrándonos entre el edificio y la fila de furgones nuevos. En nuestros planes
habíamos acordado incendiar dos vehículos de la última fila. Nos habíamos dado cuenta
de que el vigilante nunca caminaba hasta ella, y había otra fila de furgones (SUVs) entre
la última y por donde solía caminar, esta fila nos ocultaba. También elegimos esta fila
porque era la que más lejos estaba de un edificio cercano en el que vivía gente,
queríamos asegurarnos que nadie saldría herido.
El problema era que no podíamos dejar los artefactos debajo de los motores, donde los
daños hubiesen sido mayores. En lugar de eso tuvimos que dejarlos debajo del depósito
de gasolina y esperar que el fuego fuese lo suficientemente intenso como para que
ardiese este también.
Critter llegó a su SUV primero, mientras yo seguía arrastrándome hacia el mío. Me
entregó un artefacto mientras yo preparaba los fusibles. Terminé de hacer el último
ensamble, coloqué mi artefacto junto la rueda trasera izquierda y bajo el depósito de
gasolina. Con la llama de un mechero mi destino entró en movimiento.
Corrimos hasta el final de los vehículos hasta llegar a la calle. Andamos tan tranquilos
como nos fue posible en esa situación hasta llegar a las sombras cercanas al coche.
Desde ahí corrimos tan rápido como pudimos.
Una vez dentro del coche nos sentimos seguros. Critter lo encendió y arrancamos. Tan
solo habíamos avanzado unos pocos pies cuando los faros delanteros de un SUV grande
y negro nos alumbraron. Me dio un vuelco al corazón. Era el mismo que nos había
pasado antes. El pensamiento de que era un policía no se pasaba por mi cabeza. Los dos
pensamos que era un ciudadano con mentalidad de héroe ya que continuaba
siguiéndonos.
Unos 15 minutos después mi scanner indicaba muchísima actividad. Se había declarado
un incendio en Romania Chevrolet. Hubo una erupción de risas y gritos. En ese
momento el SUV que nos seguía no nos preocupaba, lo habíamos conseguido. Daba
igual lo que pasase ahora, habíamos puesto la rueda en funcionamiento.

Después de un rato el SUV desapareció. Salimos de la autovía y pasamos por Albertson
para comprar algo de cerveza, nos dirigíamos a Fall Creek para descansar tranquilos.
Entonces vimos las enormes luces que salían de la autovía. No a muchos metros había
un SUV grande negro siguiéndoles.
Me giré hacia Critter y se encontraron nuestros ojos. No era necesario que le dijese lo
que él ya sabía. “Vamos a la cárcel hermano, ¿nos echamos un cigarro?”.
Los dos nos liamos los cigarros mientras nos sentábamos en el capó del coche
esperando nuestro “billete de viaje”. Entonces cogieron a Critter y lo metieron en un
coche de policía. A mi me dejaron que viese el registro ilegal de nuestro coche.
Aquí es cuando cometí un error fatal. Cuando me preguntaron si había estado cerca de
Franklin Blvd. (la calle en la que está Romania), dije que “no”.
“¿Qué respondes si te digo que he colocado a tres oficiales para que te siguiesen y te
han visto ahí?”
“Quiero ver a mi abogado”.
“Estas arrestado por daños criminales”.
“¿Puedo terminarme el cigarro?”
“¡No!”
Le di dos caladas más antes de dejarles que me esposasen. Fue mi último acto de
desafío a la autoridad como hombre libre.
Dos juicios y un año más tarde fui condenado de tres cargos por incendio en Primer
Grado, dos cargos por intento de incendio, cuatro cargos por manufacturar y poseer
artefactos destructivos, y dos cargos por daños criminales. Los únicos dos cargos que
conseguí que retirasen fueron los de “conspiración para cometer incendio con una
persona desconocida”. Fui sentenciado a 22 años y 8 meses.
El fiscal intento durante un año convencerme para hacer un trato en el que yo tendría
que cooperar. La primera oferta fue que testificase contra Critter. Entonces, después de
que con él llegasen a un acuerdo de cinco años quisieron que yo les proporcionase
información sobre el ELF, mi célula y otras células de las que yo tenía información.
Enseguida y continuamente rechacé el trato y aseguré que no estaba unido a ningún
grupo. Cada vez que rechazaba sus ofertas el fiscal abría nuevos cargos contra mí.
Mi abogado intentó una y otra vez llegar con el abogado al mismo acuerdo que Critter
había recibido. Cada vez que lo intentaba el fiscal decía que los casos eran distintos, que
yo era un cabecilla del Frente de Liberación de la Tierra y que me negaba a cooperar lo
más mínimo. Después de cada intento fallido mi abogado me preguntó porqué pensaban
que yo era un líder. No le respondí.

Lo cierto es que podía pensar una docena de razones por las que ellos creyesen eso.
Pero finalmente concluí que el verdadero motivo por el que me clasificaron como un
líder del ELF no era por el papel que jugué en Fall Creek o en la comuna. Lo que
ocurría era que ellos necesitaban atrapar a un “líder” después de tantos años sin encerrar
a nadie. Necesitaban crear un ejemplo.
Su idea fracasó. Miles de personas fueron inspiradas a contraatacar tras nuestros
encarcelamientos.
¿Mereció la pena emplear 22 años de mi vida en incendiar un SUV? Por supuesto, me
gustaría que las cosas hubiesen sido diferentes.
Me encantaría que el mundo no fuese manejado por poderosos ejércitos, gobiernos y
grandes capitalistas. Me gustaría que las personas tuviesen más derechos que las
corporaciones. Me fastidia que la gente tenga que luchar por su libertad y por proteger
la Madre Tierra.
Y sobre todo, me molesta ser un ciudadano americano, que mis privilegios y estilo de
vida hayan sido la principal causa de la opresión y el sufrimiento de tantos otros. Me
entristece que la mayoría de mis conciudadanos sean, en el mejor de los casos,
ignorantes de los asesinatos y daños físicos causados a los indios americanos y personas
de otros países con el fin de preservar los intereses americanos; que no sean conscientes
de la destrucción y el saqueo de la tierra para asegurar la opulencia americana. Y me
avergüenza y me disgusta todo esto porque, en el peor de los casos, mis conciudadanos
saben lo que está pasando, pero les da igual.
Así que tenemos que continuar luchando, informar de lo que está pasando y hacer que la
gente se de cuenta, debemos enfrentarnos y contraatacar. Siempre tenemos que ver los
dos lados de la balanza, construir un futuro mejor y destruir una civilización corrupta
por valores e ideas morales que conducen a nuestra muerte. No podemos titubear ante la
represión. Debemos encontrar fuerza en nuestros miedos, porque si fallamos en actuar,
si no vencemos, el gobierno y las corporaciones que lo mantienen nos acabarán
arrebatando el último resquicio de libertad que nos quede, mientras sigan avanzando en
su camino hacia la destrucción del planeta.


Ahora más que nunca necesitamos un frente unido. Nuestras voces deben ser
escuchadas y nuestras acciones contundentes. Solo debemos permanecer en silencio al
caminar sigilosos en la oscuridad de la noche.

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1.- El Sierra Club es un grupo ecologista americano.
2.- Tipo de bosques centenarios que el movimiento ecologista americano se ha
esforzado en proteger mediante numerosas campañas.

3.- El monkeywrenching incluye actividades más allá de la desobediencia civil y las
sentadas típicas de Earth First!, los grupos de personas que los llevan a cabo son mucho
más reducidos o muchas veces lo hacen personas aisladas. Actúan de forma anónima
bajo una estrategia de guerrillas. Las acciones que suelen llevar a cabo son por ejemplo
insertar clavos en las cortezas de los árboles centenarios para que cuando la industria
maderera intente talarlos se les estropeen las sierras; ponen clavos en los caminos que
emplea la maquinaria de la industria maderera para que pinchen sus ruedas y entorpecer
la tala.
4.- Eugene es una ciudad de EE.UU. conocida por su fuerte movimiento de liberación
animal, liberación de la tierra y anarquismo verde. En esta ciudad ha habido varios
proyectos comuneros y en ella se han formado varias células del ALF/ELF que han
realizado acciones muy importantes.
5.- Los túneles bajo el asfalto es una técnica típica de los monkeywrenchers. Se hacen
con el objetivo de que cuando pase la maquinaria pesada empleada para construir las
carreteras, el asfalto, al no tener soporte debajo se venza, hundiéndose. Es un método
muy sencillo de hacer que puede crear graves problemas para la construcción de una
carretera y encarecer enormemente el coste ya que mientras se repara ese nuevo punto
muchos obreros no pueden trabajar.

6.- Los caltrops son lo que en Suramérica es conocido como “miguelitos”, son pinchos
colocados para que pinchen las ruedas de los vehículos que atraviesen una zona
determinada. Suelen hacerse de forma muy sencilla, empleando dos clavos de gran
tamaño afilados, se doblan y se funden entre ellos, dejando la punta hacia arriba.
7.- El juego de palabras se forma porque Jeff Luers era apodado por sus compañeros
como “Free”, que quiere decir libre. Por otra parte, ser y estar en castellano se dice con
dos palabras distintas, sin embargo en inglés el verbo es sólo uno, “to be”. De ahí que
mientras el carcelero pregunta “¿Eres Free?”, la pregunta en castellano también podría
ser traducida como “¿Estas libre?”.
8.- SUV son las siglas de Sport Utilitary Vehicles. Son coches todoterreno de lujo cuya
función en teoría es poder avanzar por la montaña, aunque la mayoría de sus
compradores los adquieren porque están de moda. Son coches de grandes dimensiones y
con un consumo de gasolina desorbitado. La contaminación que producen, en
consecuencia, es muy elevada.
Los SUVs son uno de los principales puntos de ataque del ELF, seguramente el más
importante después de la campaña que el ELF lleva en Estados Unidos contra el “urban
sprowl”, es decir, en contra de la urbanización de zonas vírgenes y la invasión por parte
de las ciudades del terreno salvaje.

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